De la permanente inconstancia


Un pájaro vuela a una rama y, en cuanto se posa en ella, deja de ser un pájaro: adquiere una redondez perfecta, se desprenden sus patas y todas sus plumas, pierde equilibrio y cae al suelo. Avanza y rebota hasta las manos de un dapitopis que la recoge, feliz de haber encontrado una pelota nueva, y de inmediato la arroja enérgicamente hacia lo alto para verla caer y atraparla en el aire. Pero en algún punto del trayecto el objeto se estira y agranda, se vuelve de opacos vidrios azules y blancos y de pronto es un hermoso jarrón antiguo que cae del cielo a una velocidad pasmosa y se hace añicos contra una piedra. Sorprendida y algo aquejada, la roca da unos ladridos antes de salir corriendo (pero sin el rabo entre las piernas, pues ni uno ni otras tenía). Y mientras tanto, los pequeños trozos de vidrio que yacían desparramados se oscurecieron, ganaron tres pares de patas, antenas, y se congregaron con torpeza para construir un hormiguero. Seguí a estos vidriosos insectos hasta el anochecer, pero ignoro si en ese amplio período (docenas de siglos, quizá, para la pequeña subjetividad de una hormiga) estas entidades permanecieron como tales o, por el contrario, mutaron hacia otros destinos insospechados.

Así concluye el profesor Charles Rouel Martinheitz el apartado “Objetos maravillosos” del capítulo 46 de su Dapitopia. Es gratuito pensar que la anécdota del pájaro transmutado en hormiga, después de haber sido pelota y jarrón, está relacionada con revelaciones teológicas o doctrina alguna sobre resurgimientos y transfiguraciones del espíritu. El sexto párrafo del capítulo octavo (caprichosamente ubicado entre el 15 y el 72) registra una inquietante réplica que podría arrojar alguna luz sobre el caso:

Y cuando ya iba a darme por vencido, a punto de concluir que sería inútil hallar una interpretación modestamente aceptable, una de estas frágiles y enigmáticas criaturas me deslizó un mensaje al oído:

—¿Nunca se aburre usted, profesor, de atar cada mañana el nudo de la corbata, de hacer coincidir botones con ojales, de quitarse y ponerse los zapatos, de abrir y cerrar la puerta de calle, de llegar y partir por el mismo camino, de revolver el café hacia el mismo lado, de ver su conocido rostro en el espejo, de ser siempre la misma cosa?


(*) M. C. Escher, Moebius Strip II (1963)

La orquesta de los pájaros bobos

¡Musicantes y orquestantes palmípedos!
¡Migrantes, despatriados, polirítmicos!
¡Viscerales, alegres, armónicos pingüinos!

Y cafeteros, por añadidura. Es que los sueños de Simon Jeffes (y más en momentos de intoxicación) le traían imágenes simbólicas, sintéticas, y hasta sintetizadas. ¿Una orquesta de pingüinos que toman café o una orquesta del café de los pingüinos? Ah, cómo saberlo. Pero de hecho hay (o había o ¿habrá?) congregación tan rara.

¡Alucinados, sincopados, cromáticos!
¡Modulantes, sonantes, delirantes pajarracos!

Jeffes veía: un edificio moderno, cemento, habitaciones como de hotel; un ojo electrónico, temible, supervisor; una pareja hace el amor con desamor, como observando los incisos de un manual de instrucciones venéreas; alguien se mira mirarse en un espejo y yo no sé si está obsesionado o perdido. Pero Jeffes ve más: ve un músico con audífonos pero sin sonido. Todos se retroalimentan consigo mismos, todos están solos y el ojo los vigila. “Soy el propietario del Café Pingüino y te diré algunas cosas al azar”, escucha que le hablan de repente, sin motivo, irracionalmente... Y lo salvan.

¡Ostináticas, minimalistas aves!
¡Musicantes y orquestantes pingüinos!

* * *

A continuación: Telephone and Rubber Band (muchos la conocerán de un bonito programa de televisión), de esa aventura maravillosa que Jeffes llamó The Penguin Cafe Orchestra.


El mundo es lo que piensas

Con gran sorpresa descubrí esta tela en una muestra retrospectiva del Gato Mora, hace ya varios meses, en un galpón de Polvorines. Entonces ignoraba casi todo sobre los universos por donde ese artista embarca, naufraga y conquista.

Más tarde supe que la obra tenía por título una fórmula preocupante, cuanto menos: El mundo es lo que piensas puede ser un consuelo, un desengaño, una advertencia.

Vagas deliberaciones sobre el futuro de Martinheitz


La pizzería Kentucky no era el mejor lugar para llevar a cabo nuestra reunión, pero el azar nos había llevado ahí y sin mayores objeciones aceptamos una grande con albahaca. El buen amigo L. (que es barbado sin ser bárbaro, pues domina el griego y el latín) me propuso algunas soluciones para mi inconveniente, que se debía más bien a ese fenómeno casi metafísico que nos gusta rotular como falta de tiempo. Pues resulta que acepté algunos encargos que no hubiera debido, y se apilaron sobre mis cortas horas unas traducciones que no cambiaban de idioma y esperaban y esperaban.

–­­Deberías publicar el manuscrito directamente, en forma facsimilar – me dijo, mordisqueando una aceituna. L. sabía que mecanografiar el original implicaba más atención de la que entonces podía dedicar.
–No es mala idea –contesté, elevando hasta el cielo raso una caprichosa porción atrapada entre hilos de muzzarella.

Pero hacer semejante tarea (justamente, la del hacer semejante) implicaba ceder a una revelación de la íntima (enrulada y pequeña) grafía del profesor Martinheitz, arriesgando que una cohorte de grafólogos al paso y calígrafos desvergonzados interprete sus trazos con total displicencia. ¿De qué impredecibles salvajadas acusarían al profesor? No podía permitir ese ultraje.

–Además –continuaba L.– permitirías un contacto más personal entre el profesor y quienes siguen sus aventuras, acercarías la fuente, eliminarías algunas lógicas conjeturas del lector.
–Momentito: nada de teologías.
–Es que no como…
–Vamos, Babieca. ¿Qué conjeturas? ­–repuse mientras me arrojaba sobre la última pieza de faina.
–Claro. Hasta ahora, nunca se ha probado la existencia del profesor. O de su manuscrito.

Permítanme explicar esta idea. La aventura de quien diera la vuelta al mundo para encontrar su hogar amenazado, y aquella anterior que se clausura con la muerte del domador de caballos, las debemos a una figura vagamente conocida: a Homero (o a los múltiples hombres que en ese apodo se compendian). En febrero del lejano año 842, Louis le Germanique (que era nieto del mismísimo Carlomagno) pronunciaba sus Serments de Strasbourg, que la posteridad pudo conocer gracias al abad Nithardus, el historiador que los recogió, pero quien pudo también haber sido su autor. Y sin irnos tan lejos, me gusta también pensar que el Curso de lingüística general pudo haber surgido de una infamia: Bally y Sechehaye inventaron una teoría totalmente opuesta a la que su maestro enseñaba… El punto es que el facsímile podría convencer al lector de su autenticidad.

–No es el momento –le explique a L., que justo entonces devolvía al plato un carozo prolijamente exonerado de todo rastro de oliva–, deberán creer de puro ingenuos o nada.
–Sea –replicó–, nada de santos-tomases.

En un descuido de los mozos de Kentucky, salimos corriendo de la pizzería y cada uno siguió su camino. Todavía trotando por la calle Arévalo, pensaba que la obra Martinheitz debe seguir publicándose rigurosamente. A ese fin juremos honor, caballeros.

¡A bailar con el Jal-Tarang!

Mr. Milid Tulankar, viejo admirador de la cultura sonora dapitopial, ejecuta aquí una tonada clásica que solía conmover al profesor Martinheitz, quien entonces expresaba: "Ah, húmedos e inquietos mosquitos chinos"




Tristeza de Martinheitz o avistaje del repolupo

En todo lo fatalmente fugaz, errático y corruptible, en cada inevitable signo de flaqueza o dolor o temor, en los huesos quebrados y las almas rotas, en la más profunda podredumbre de los corazones y el nauseabundo hedor de las canalladas… Y no, como han deseado los desconsolados de la historia, en la belleza y la bondad, lo infinito y lo celeste. Aquellas primeras coordenadas marcan el sitio donde el hacedor de fuego se une al resto de los seres mortales. También los dapitopis, ¡ay, amables y frágiles criaturas!, comparten con los hombres esa devoción al absurdo destino, esa caída a lo hondo de la noche, esa angustia por lo ineludible, la tragedia de lo finito.

Con visibles pretensiones metafísicas, el profesor Charles Rouel Martinheitz evoca en un apartado de Dapitopia el primer desengaño que le deparó esta civilización. Se trata de la averiguación, indefectible pero inesperada, de que estas enigmáticas criaturas también tejen el ovillo de su universo con el único hilo de lo fáctico, aunque utilizando husos siempre contradictorios: de luz y de sombras, de la verdad y de la mentira. A cada vuelta del manojo, uno y otro instrumento se suceden, quizás, en una predestinada secuencia de forzosos enjambres que, inseparables, dicen y desdicen, afirman y vacilan, crean y despedazan.

El texto transcurre por seis párrafos tenebrosos, húmedos de la tristeza que el profesor experimentó luego de conocer una repugnante variación de las misteriosas criaturas que estudió. Así describe la escena:

Y en cuanto estuve por convencerme de su pureza, a escasos momentos de abandonar mi tarea por considerarla terminada, cuando faltaban apenas instantes para que exclamara con todas mis fuerzas la superioridad de estas frágiles criaturas, oí un grito que me inmovilizó por completo y en seguida observé que unos dapitopis se ocultaban entre los árboles. Desconcertado, me arrojé sobre un arbusto y pregunté qué ocurría. “Han llegado –me dijeron— los malvados repolupos”. Y creí ver una bestia que avanzaba encorvada, oliendo el aire, babeándose. “Escóndase –me dijeron–.­ Ya han llegado”.

Del comportamiento atlético

Sorprenderá a muchos saber que lo dapitopis fueron grandes gimnastas. Semejante desconcierto (motivado a todas luces por su extraña organización corporal: estatura pequeña, piernas cortas y espiraldadas, brazos delicadamente débiles), desaparecerá muy rápido durante una sesión pública de atletismo.

Eventos de tal categoría pretenden fomentar su simpatía por los ejercicios físicos. Entonces, convocarán carreras de bolsa, manducación de empanadas picantes, lanzamiento de paraguas y salto suspendido, acaso la más ardua disciplina existente, pues supone permanecer, después del salto, unos cuantos segundos en estado de levitación.

Pero los dapitopis, esas frágiles y enigmáticas criaturas, son perezosos y más amigos de la juerga y el descoque, por lo que su comportamiento atlético decae con facilidad. Veamos la explicación del profesor Martinheitz, escrita entre las líneas del capítulo 34 de su Dapitopia, que refiere un asunto sin ninguna relación con este que nos ocupa:

Los partidos de pelota, por caso, son lo más lastimoso y lento que se ha visto. Ningún jugador se acerca al balón, mucho menos intentan hacer algo con él. La duración promedio de estos tristes encuentros es de tres minutos. Cuando el árbitro señale el empate, los dapitopis se vuelven felices y vocingleros y salen corriendo armando un bochinche que para qué, a jugar y bailar y cantar, dando saltos sorprendentes e improvisando acrobacias inimitables.
El fracaso de sus exhibiciones deportivas sólo rige durante las mismas competencias; fuera de su marco, son capaces de las más improbables destrezas. De todos modos, un salto maravilloso, sin la adecuada y espartana contemplación, será siempre una elevación momentánea, fugaz y desatendida.